Scott Fitzgerald, Tennessee Williams, Paul Verlaine e incluso el mismísimo Winston Churchill. ¿Qué tienen todos ellos en común, aparte de ser escritores? No te la des de listo con la respuesta que ya te la he contado yo en el título de este post: sí, todos ellos sufrieron la nada agradable experiencia de escribir con depresión. Y todos ellos triunfaron, una asociación de ideas que puede llevarte a creer que para ser un hacha en esto de la escritura tienes que estar deprimido.

Siento echar por tierra la tradición, pero nada más lejos de la realidad…

 

Destruyendo mitos

Entre las decenas de mitos que corren por ahí sobre los escritores, hay un par de ellos que brillan con especial intensidad en el celeste firmamento literario: el del escritor alcoholizado y el del escritor deprimido. Del primero no voy a hablarte (tengo mi hígado puesto a buen recaudo); pero del segundo sí, porque esa estúpida leyenda que se oye a veces sobre que el genio creativo va de la mano de la depresión es algo que me patea el estómago.

Desmotivación, pereza, pesimismo, falta de autoestima, falta de energía, vacío, desesperación, sensación incapacitante…

¿Te suena?

Sí, todos ellos son manifestaciones del estado depresivo (si has pasado por ello, los conocerás).

Ahora vuelve a leer la lista y hazte una pregunta: con toda esa batería de síntomas, ¿cómo demonios voy a ponerme a escribir?

Te lo he dicho: lo de escritor deprimido igual a triunfo literario asegurado es una leyenda urbana, una ecuación irresoluble.

Allá por 2011…

…yo comencé mi propio proceso legendario. A una buena cantidad de años en un trabajo que no me gustaba y que cada día se volvía más y más estresante, se unieron un par de años después una serie de desgracias personales que se fueron encadenando hasta crear las condiciones precisas para desmoronarme la vida.

El magma volcánico acumulado a lo largo de casi una década acabó por destrozar la fina capa de tierra que lo contenía bajo la caldera y estalló poco antes de que llegara la traca final de todo el proceso: la muerte de mi madre tras una agonía muy dura.

¿Resultado?

Un serio proceso de estrés y ansiedad en el que se añadieron al batiburrillo de explosiones emocionales los (entonces desconocidos para mí) ataques de pánico y la (también chocante por insólita) agorafobia. Todo un universo de extraños sucesos que me dejaron inane y sin capacidad alguna de respuesta.

Un cerebro enfermo

Padecer un trastorno mental de tipo depresivo o de ansiedad no es nada agradable para ningún humano, pero puede convertirse en un desastre para una mente creadora.

Yo, que siempre he sido bastante avispadilla para el trabajo (rápida, eficaz, competente), de repente me vi torpe, lenta e incapaz de mantener el ritmo. Mi cerebro sencillamente no respondía y a la incapacitante sensación de comprobar cómo bajaba en picado mi productividad se unía el inexplicable interrogante de ¿por qué? ¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué mi cerebro no funciona como antes?

Porque estaba enfermo, chatina, además de dopado con una cantidad ingente de antidepresivos, ansiolíticos y somníferos que te lo estaban machacando aún más.

Lento, incapaz de concentrarse, con un deterioro de la memoria alucinante… Mi cerebro era un asco, una masa informe de neuronas inútiles. He pasado por ello y puedo asegurártelo: escribir bajo un estado de ansiedad es muy, muy jod… difícil. Pero no imposible.

Escribir con depresión depende de ti

Por supuesto, no todos sufrimos el mismo tipo de depresión o de ansiedad, ni en el mismo grado. Cada cual debe lidiar con las condiciones particularísimas de su enfermedad, pero incluso para las más severas hay puertas de salida.

Eso sí, tienes que querer abrirlas. Yo busqué ayuda psicológica y además contaba con mi propia determinación. Estaba dispuesta a abrir una de aquellas puertas y escapar por ella.

Por aquel entonces, estaba escribiendo Un cadáver muy frío. Digo “estaba” porque hacía tiempo que lo había abandonado. Afortunadamente, a mi lado había personas como la dueña de este blog que, además de explicarme como médico qué demonios le estaba pasando a mi cerebro, me ponía tareas: «Haz ejercicio y escribe todos los días un rato».

—Pero si es que no puedo, Ana. Mi cerebro no responde —le decía.

—Oblígalo —me contestaba.

Lo hice, fui obediente y lo hice, ¡y resultó! Sí, incluso cuando te sientes desmotivado, tu cerebro no responde y caes en la profunda sima de la desesperación, hay puertas de salida.

No desesperes, ¡hay soluciones!

Y estas fueron las que yo apliqué:

  • Establece una rutina de escritura. No tiene por qué ser extenuante, es más, yo te aconsejaría que no intentaras ir más allá de lo que los límites de tu capacidad actual te permiten. Proponte un número reducido de palabras cada día (doscientas, por ejemplo) o un corto periodo de tiempo (diez minutos). Lo importante aquí es la constancia a la hora de mantener esa rutina. Cada día que lo consigas será un pequeño triunfo y ese éxito va a tener una consecuencia inmediata: vas a experimentar una sensación gratificante por haber alcanzado tu meta. ¿Y sabes qué significa eso? Que tu cuerpo te ha chutado una minidosis de dopamina, la hormona de la felicidad. Justo lo que necesitas para empezar a comerle terreno a la depresión.
  • Transige. Cuando el cuerpo o la mente no da, no da y punto. La depresión es una enfermedad agotadora. En ocasiones te debilita hasta la extenuación. Cuando eso ocurra, no fuerces la marcha. Deja que el día pase. Si has intentado (si de verdad lo has hecho) cumplir con tus doscientas palabras o tus diez minutos y no has podido, no hay nada que reprocharse. Hoy no es el día. Transige. Mañana amanecerá otra vez. Eso sí, no seas complaciente contigo mismo. Cuando lo intentes, hazlo de verdad y sólo si el cuerpo o la mente no responden (también de verdad) permítete claudicar ese día. Celebra tus éxitos y se paciente y comprensivo con tus caídas.
  • Humor, humor, humor… ¿Quién tiene ganas de él cuando está deprimido? Nadie y, sin embargo, deberías perseguirlo como un tesoro porque es un gran antidepresivo. Búscalo en series de televisión, en tus lecturas, pero también en tus escritos. Puede que creas que volcar sobre la página toda esa angustia y aflicción que estás sintiendo es una práctica liberadora y que escribir sobre ello es una especie de ejercicio terapéutico, y es posible que tengas razón. Sí, puede que lo sea. Yo no lo sé. Mi experiencia transcurrió por caminos totalmente opuestos. Para mí, escribir Un cadáver muy frío suponía introducirme cada día en el mundo ocurrente y socarrón de la señora Starling, un universo en el que la ansiedad se esfumaba como por ensalmo. Por eso recomiendo el humor. Para mí resultó no solo una especie de catalizador estimulante sino también el flotador que acabó por devolverme a la superficie.
  • Busca un grupo de amigos escritores. En aquella época fue cuando un par de amigas (una de ellas Ana González Duque) y yo formamos El sangriento club de los viernes por la noche, un trío de escritoras que nos pasábamos nuestros textos para corregirlos y aconsejarnos. Mis dos amigas escritoras (que conocían mi situación) fueron dos motores fueraborda que impulsaron no sólo mi escritura, sino que me sostuvieron y auparon cada vez que lo necesité.

Esas fueron mis puertas de salida. ¿Por qué no habrían de ser las tuyas también? ¡Prueba!

Pin It on Pinterest