
Un libro infantil sin ilustraciones es como una vida sin música, como una primavera sin sol, como un huevo frito sin patatas.
Los libros para niños de 0 a 12 años requieren, en mayor o menor medida, la presencia de ilustraciones. Así ocurre desde hace un siglo, así lo quieren las editoriales y así lo entiendo yo.
Igual piensas que es algo obvio, pero hay voces respetadas que defienden lo contrario, como lo hace Bruno Bettelheim en su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas (Booket): «Las ilustraciones distraen más que ayudan. […] Por esta razón, un cuento pierde gran parte de su significado personal cuando se da cuerpo a sus personajes y acontecimientos, no a través de la imaginación del niño, sino de la del dibujante».

Eso piensa este psicólogo infantil de renombre internacional, pero yo soy más de la opinión de Teresa Colomer; en Siete llaves para valorar las historias infantiles (Fundación Germán Sánchez Ruipérez) afirma que: «El tono de un álbum no lo aporta únicamente la voz del narrador, sino que ésta se complementa con la opción plástica que se ha escogido para representar la historia. […] Las buenas ilustraciones ambientan con el texto en una relación dinámica en la que ambos surgen más favorecidos: si lo interpretan lo enriquecen en vez de redundar; si lo amplifican lo potencian en vez de anularlo; si lo contradicen, lo hacen buscando intencionalmente la disonancia, etcétera».
Ese quizás sea el papel del ilustrador de libros infantiles: a veces completar, otras complementar, y siempre aportar un valor extra al texto escrito.
Déjame que le dé una vuelta a las palabras de Teresa Colomer:
1. «Si lo interpretan, lo enriquecen en vez de redundar».
Cuando el ilustrador interpreta el texto, utiliza sus herramientas (luz, color, línea, perspectiva…), escoge la técnica adecuada (acuarela, grabado, collage…), aplica el lenguaje propio de la ilustración (y derivados de otras artes como el cine o el cómic), y pone su estilo personal al servicio de la historia, para repetir el mensaje del texto escrito en forma de imagen con el fin de mejorar su comprensión. Lo que ocurre es que, aunque trate de ser fiel a la palabra, siempre la recreará aportando los elementos necesarios para que la composición funcione. En este sentido, las imágenes, además de decorar y embellecer el libro, aumentan el significado de las palabras: el ilustrador al contextualizar la historia muestra otras parcelas del mundo en el que ocurre, aunque no vengan descritas en el texto.
Además, al hacer esto el ilustrador aporta algo también remarcable: da a conocer al niño lector objetos, personas y lugares (existentes o no), o lo traslada a tiempos pasados o futuros, con lo que la ilustración adquiere el valor de información visual que enriquece su cultura visual y estética, o como dirían los académicos como Teresa Colomer o Teresa Durán Armengol: «promueve su educación artística».
2. «Si lo amplifican, lo potencian en vez de anularlo».
El ilustrador puede mostrar lo que no expresan las palabras, como aquella escena que se encuentra entre líneas y que el escritor no ha abordado directamente; o puede extender el mundo de los personajes jugando con el lector, retándolo con acertijos, travesuras o anacronismos. Otras veces puede plantear una visión abstracta o conceptual, que busca una coherencia interna con el texto con elementos tan subyugantes como el color. O puede implicarse hasta el punto de aportar, como dice Teresa Durán Armengol (Revista de Educación, 2005: 239-253), su «poética visual, mostrando no tanto el universo externo como su propio e intrínseco universo interior, […] Una «poética» que no debe confundirse con la lírica, porque es posible encontrar ilustraciones introspectivas de tipo épico, lírico o satírico. Sus imágenes están a menudo fuera del tiempo y de nuestro contexto, aunque puedan ser comprendidas por todos los niños del mundo […]».
Aun dejando el mensaje del escritor intacto, el ilustrador puede explorar más allá y abrir al lector nuevos caminos.
3. «Si lo contradicen, lo hacen buscando intencionalmente la disonancia».
Las imágenes pueden ofrecer una información alternativa, incluso contradictoria, lo que proporciona varias lecturas posibles, un recurso interesante con el que el ilustrador desafía al lector y le exige su participación. El discurso del conjunto del texto e imagen no se aparta de la intención del escritor, al contrario, busca que el lector se rompa el coco y encuentre las claves que le den sentido. Esto hará que aquella escena, aquel personaje o la historia al completo quede fijada con más fuerza en su memoria.
Vale, pues como te decía; esta es la teoría que yo apoyo: el papel del ilustrador en los libros infantiles es aportar siempre valor al texto escrito; bien sea para fijar el mensaje en la retina del lector, bien para simplificar los asuntos complejos, evocar las emociones, los pensamientos y los sentimientos, o bien para favorecer la comprensión del mensaje y contribuir a la educación del niño.
Pero, ¿hasta dónde llega esa aportación? O, dicho de otra manera: ¿es el papel del ilustrador comparable con el del escritor?
Respecto a este peliagudo asunto te quiero contar un cuento:
En el principio de los tiempos, los humanos se dividían en dos tribus, dos grandes grupos de gente con taparrabos y lápices: los escritores y los ilustradores de libros infantiles.
Su verdadera división no consistía en las herramientas que usaban para cumplir con su arte y profesión —las palabras, los unos y las imágenes, los otros—, sino la divergencia en las respuestas a una cuestión espinosa: ¿quién es el autor de este libro infantil?
La respuesta dependía de tantas variables como lunas contaba el más viejo del lugar (el abuelo Romualdo). Tras la puja original, grandes batallas se sucedieron, ríos de tinta mancharon los campos y los caminos se cubrieron de hojas de papel en blanco de 90 gr. tamaño A4.
Pero hete aquí que el brujo Empático y la bruja Civilizada aunaron sus poderes para despachar mágicamente cualquier duda, y, desde entonces, los ilustradores y los escritores fueron felices y comieron bocatas (aún no habían descubierto las perdices).
Aquí termina el cuento. La realidad es que aún hoy sigue la polémica.
No es un asunto tonto, porque toca un nervio muy sensible en este mundillo profesional: la autoría. La autoría afecta a veces al reconocimiento, a los porcentajes y a otros asuntos domésticos, pero sobre todo, al ego artístico.
Y sí, efectivamente, acabo de meter los pies en un bonito berenjenal.
Desde jovencillo me he dedicado a la ilustración infantil, y de mayorcillo me he atrevido a escribir para el mismo público, así que conozco ambas facetas de la creación profesional de un libro infantil. Cuando Ana me pidió un artículo sobre el papel del ilustrador en los libros infantiles, además de agradecimiento (porque mola mucho escribir aquí), sentí cierta desazón, porque sabía que debía abordar este asunto polémico.
Por un lado, tenemos que, en los libros de 0 a 3 años, existe la necesidad inapelable de que el niño entienda la historia a través de sus dibujos, y en los álbumes ilustrados, de 3 a 6 años, si el escritor no es el mismo dibujante, ambos deberán trabajar codo con codo para conseguir un conjunto válido.
A partir de 6, te puedes encontrar con libros en los que parte de la historia se narra en formato cómic o en los que el dibujo juega de tal forma con el texto en la maquetación que perderían su significado por separado.
Y, quizás, la presencia de la ilustración en los libros de mayores de 10 años disminuya, pero siempre juegan como mínimo un papel introductorio en el mundo narrado.
Con estos mimbres, la labor del ilustrador tiene un peso a veces superior, otras semejante y otras cercano al de la labor del escritor.
Sin embargo, por otro lado, tenemos que estudiosos como Teresa Durán Armengol aplican sin dudar el término «autor» solo al escritor porque: «debe tenerse en cuenta que, en la mayoría de los casos, el ilustrador no es el creador del mensaje sino que este ha sido inventado por el escritor, entonces, dentro del esquema clásico de la comunicación, el ilustrador no es, en sentido estricto, el emisor, sino el «repetidor» o «amplificador» del emisor (cosa que también ha provocado y provoca muchos conflictos interprofesionales)».
Y algunas voces ni siquiera consideran la ilustración al nivel del resto de las artes (entre ellas, la escritura) dada que su libertad de creación está limitada por el texto al que se debe (aunque el gran ilustrador Arnal Ballester reflexiona: «El diseño y la ilustración son arte. No sé cómo se puede poner en duda. ¿En función de que el artista es libre? Falso. Si fuera así, habría que vaciar los museos»).
Con estos otros mimbres, el ilustrador nunca estaría al nivel del escritor.
Creo sinceramente que el asunto de la autoría de la obra variará casi por título, y que lo conveniente siempre será que los implicados en que el libro nazca apelen al brujo Empático y la bruja Civilizada para llegar a buenos acuerdos, aunque, quede este asunto como quede, el papel del ilustrador no variará y seguirá siendo necesario, porque un libro infantil sin ilustraciones es como una vida sin música, como una primavera sin sol, como un huevo frito sin patatas.
Enrique Carlos Martín es el autor de este libro de MOLPEditorial (por si te quedas con ganas de profundizar más en el tema de la LIJ como escritor)



Muy interesante. Por supuesto no podemos estar sin música, sin sol ni sin patatas ( a ser posible, fritas). ¡Enhorabuena!