El síndrome del impostor

¿Te da vergüenza decir que eres escritor? ¿Lo dices con la boca pequeña? ¿Te acompleja que otros escritores lean tus novelas? Tal vez seas presa del «síndrome del impostor». En este episodio del podcast empezamos una nueva sección que trata de la mentalidad del escritor.

«Uno solo puede ser escritor si está mal de la cabeza». No lo digo yo, aunque lo piense, sino que es una frase de Juan Gómez Jurado. Por eso, he decidido dedicar una sección de este podcast a la mentalidad del escritor, a todas esas cosas que nos bloquean, nos hunden en la miseria o nos hacen fracasar porque constituyen barreras mentales.

Tengo una amiga escritora. En realidad, después de unos años en este mundillo, tengo muchos amigos escritores, pero de la que te vengo a hablar en concreto es de una persona que vive de la literatura y que escribe como los ángeles. Sus novelas, publicadas por una gran editorial, rezuman magia por los cuatro costados. Esa persona sigue diciendo muy bajito aquello de «soy escritora» cuando le preguntan a qué se dedica. Le da vergüenza porque piensa que no merece ese título.

En mi caso, llevo escribiendo historias desde que recuerdo. Desde muy pequeña. Seguro que como tú. Devoro libros de toda clase y pelaje. He ganado premios de literatura (unos cuantos), he publicado un montón de libros. Mi cabeza rebosa de historias bullendo. Pero aún así me da un enorme pudor poner en cualquier definición mía: «Escritora». ¿Por qué? Porque me comparo con gente como Lorenzo Silva. En el perfil de Twitter de Lorenzo Silva ponía hace años «escritor» no en uno, ni en dos, sino en seis idiomas. Pero, claro, Anita, alma de cántaro —me vas a decir con toda la razón del mundo—, es que Lorenzo Silva tiene miles de premios, entre ellos el Planeta. Dónde vamos a parar. Sin embargo, lo curioso de todo esto es que el mismo Lorenzo Silva confesó una vez que han pasado muy pocos años desde que se atrevió a poner escritor detrás de la pregunta «¿cuál es su profesión?».

Todos tenemos momentos a lo largo de nuestros manuscritos en los que dudamos de nuestra historia, de nuestra forma de escribir y pensamos en tirarlo todo a la basura. Recuerda que Carrie, la primera novela publicada por Stephen King fue recogida por su esposa de la papelera.

El que gente como Stephen King, o como Lorenzo Silva, o como mi amiga se sientan así consuela mucho al resto de los escritores como yo, pobres mortales. Independientemente de, si te atreves a denominarte escritor o no, escribir es una droga que va enganchándote poco a poco. De repente, te das cuenta de que necesitas tu dosis. De que tienes una escena en la cabeza y hay que vomitarla sobre el papel. Yo me he convertido en adicta. Escribir forma parte de tu naturaleza como una segunda piel. Pero escribir no es ser escritor. Y es ahí, en la profesionalización de la escritura, donde surgen todas las inseguridades.
Y ese momento es especialmente agudo cuando estás a punto de sacar al mercado algún libro o cuando relees alguna novela que escribiste hace años. La sensación de que no vales lo suficiente, de que no eres lo bastante hábil como para llegar a convencer, nos inunda.

Eso se llama «el síndrome del impostor».

Cuando pones en marcha un blog o empiezas a interactuar con personas de tu género literario, las inseguridades te saltan al cuello como vampiros. Empezarás a fijarte en lo que hacen todos aquellos que son expertos en tu género —personas que tú crees que están mucho más preparadas que tú para escribir libros de tu temática— y empiezas a pensar: «Pero… ¿dónde vas tú, desgraciado?». Y te quedas bloqueado, sin hacer nada, porque no te atreves a dar un paso. La sensación de incapacidad te abruma.

El síndrome del impostor es el sentimiento de no merecer los éxitos conseguidos y ocurre en personas que son muy exigentes con ellos mismos. Dudas de tus capacidades, te comparas continuamente con los otros, te sientes incompetente, tienes miedo a actuar, estrés y una preocupación excesiva e incapacidad para disfrutar de los logros conseguidos por el camino.

¿Qué escritor no ha dudado de sus conocimientos, habilidades o talento en algún momento u otro?

¿Qué escritor no ha rehuido o eludido el elogio o el aliento, no por modestia, sino por una auténtica falta de confianza y convicción en su trabajo? Incluso las veces que te halagan: «Oye, qué bien todo esto que has conseguido» y tú respondes: «Sí, bueno, he tenido suerte». Suena como si fuera modestia, pero no. Es el síndrome del impostor clavándote sus uñas. A pesar de que te has dejado la piel para conseguir lo que tienes, te parece que no eres merecedor de ese éxito. Aunque sea un éxito pequeño. Si se te han pasado por la cabeza las palabras: «No soy un verdadero escritor» o «Nadie va a querer leer esta porquería de novela» te has contagiado de este virus.

Hace tiempo, Isaac Belmar, del blog Hoja en blanco (que es un blog con un humor muy ácido que os recomiendo) decía en un post que todos queremos publicar con las grandes editoriales a pesar de que sepamos que vamos a ganar mucho menos dinero con ello. Y tiene razón. ¿Por qué? A veces, un escritor autopublicado puede llegar a sentir que, a pesar de que su libro se vende, su trabajo no ha sido realmente validado por un equipo editorial y por lo tanto no merece el puesto que ha conseguido. Pero eso no quiere decir que un autor publicado de forma tradicional esté libre de pecado. A veces están convencidos de que su éxito no es auténtico. Incluso pueden tener miedo de que sus editores descubran que son un fraude y dejen de apoyarles.

Además de hundirte en la miseria, el síndrome del impostor tiene un impacto terrible en tu escritura.

Nunca está perfecto: corriges mil veces, llevas fatal las críticas de tus lectores cero y lo peor de todo, llega el bloqueo del escritor. Eres incapaz de escribir una línea. Game over.
Ninguno de nosotros está libre. Cualquier escritor —desde el más novato hasta el premio Nobel de Literatura— puede experimentarlo.

¿Cómo puedo superar el síndrome del impostor?

No estás solo: cuanto más solo estás, más fácilmente eres presa fácil del síndrome del impostor. Si te apoyas en otros escritores, puede que ellos hayan tenido experiencias similares y que te ayuden a salir del bache. En ese sentido son muy útiles los grupos mastermind. Incluso a veces solo el hecho de decirlo en voz alta puede ser útil. Porque a veces nuestro mayor miedo es que nos lo confirmen, que somos unos fraudes y sacarlo es un paso hacia la recuperación de la autoestima.

Recuerda lo duro que has trabajado para llegar hasta aquí. Si crees que las cosas te han salido bien por suerte, oportunidad o accidente, párate a pensar en todo lo que has tenido que trabajar para conseguir aquello que tienes hoy: las horas que has invertido en escribir o en tu blog o en las redes. Las noches que pasaste revisando y corrigiendo. El esfuerzo de meses, años, para llegar a dónde hoy estamos.

Queréis la fama…

Pues eso, lo que te ha traído aquí han sido sangre, sudor y lágrimas. No un anuncio de Facebook Ads, no la suerte de estar en el momento apropiado en el lugar apropiado (aunque eso nunca viene mal). Te lo has currado. Te lo mereces.

Prepárate tanto para el fracaso como para el éxito porque los dos pueden bloquearte. Cuando algo que has lanzado —un libro, un infoproducto, un curso— no funciona como tú crees, el síndrome del impostor afila sus garras. En tanto que cuando has vendido mucho y obtienes respuesta por parte de los lectores, el muy sibilino te convencerá de que ha sido pura chiripa. Y todo lo que escribas a partir de ahí te parecerá que no llega al nivel.

El truco para derrotar al villano es escribir, escribir y escribir. Porque cuanto más tiempo estés escribiendo, menos tiempo tienes para darle vueltas a la cabeza. Así que prepara un plan de acción: una cuota de palabras al día que tienes que redactar aunque sean una porquería. Tú escribe. Usa tus sentimientos de negatividad para escribir un post en tu blog. Y sobre todo: deja de compararte con los demás. Siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú. Siempre habrá gente que sea la cabeza del maratón, pero ¿cuántos hay por detrás de ti? A veces, es conveniente mirar hacia atrás y no, hacia delante.

Ser escritor significa tener la mente afilada como un bisturí para poder captar los sentimientos ajenos y deconstruirlos. Es llenar hojas en blanco cada día para luego borrarlas y quedarte con dos líneas. Dos líneas que transporten al lector a otro mundo. Más allá de premios y zarandajas. Ser escritor es vencer las ataduras del miedo a imaginar. No dejes que el síndrome del impostor te corte las alas. Escribe.

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